Estereotipos
El alemán en general tiene un físico poco agraciado. Tiene la cabeza cuadrada, a veces hasta rapada. La expresión de las caras en estas cabezas suele ser seria, porque al alemán le es ajeno un semblante alegre. Las piernas de la mujer son peludas y encima cubre las extremidades de sus miembros inferiores con calcetines blancos – incluso en verano – los cuales, por su parte, se encuentran en sandalias sanas para el pie.
El alemán se levanta temprano, desayuna abundantemente y se va en su Mercedes al curre. Trabaja mucho, obteniendo muy buenos resultados, y come mal, pero siempre con cerveza. Se acuesta temprano y es mal amante porque suele ser una persona fría. Nunca se va de fiesta. En época de vacaciones, invade la Costa Brava o Mallorca (pronunciación: Malorka) donde le gustan los platos típicos como la salchicha de Frankfurt y el Sauerkraut. Cambia en seguida del color blanco a rojo vivo.
Los españoles, por otra parte, son todos andaluces. La mujer es bailaora de flamenco. No se sabe si es peluda o no, porque lleva faldas con muchos volantes. Para ir de un sitio a otro, se monta en un caballo feroz, agarrando la cintura de un caballero sevillano. El hombre, si no es cantaor de flamenco, se suele dedicar a la Corrida de Toros, derramando mucha sangre inútil. A veces también se derrama la sangre del hombre cuando corre delante de un toro con un periódico en la mano. Cuando ha terminado el flamenco o la corrida, el español come paella y bebe sangría, tinto de la Rioja o Jerez. Es un amante apasionado y deja a sus víctimas con el corazón roto. Estas, las mujeres, son todas muy guapas. El español no trabaja, porque lo deja todo para mañana, y mañana siempre es fiesta, y si no es fiesta, hay que dormir la siesta.
¿La moraleja de la historia? Mucha Europa, muchas relaciones económicas y acceso libre a todas las informaciones a través de los medios de comunicación. Una generación de españoles trabajando en Alemania, y España como uno de los países preferidos de los alemanes para irse de vacaciones. Pero a la hora de la verdad, los conceptos predominantes siguen siendo los arriba citados. Y no exagero: Lo que más les llama la atención a los españoles que me acaban de conocer es que sea capaz de hacer chistes y reírme – y concluyen que no parezco “nada alemana”. Yo, en cambio, tengo que admitir que pregunté en una de mis primeras visitas a este país a finales de los ochenta, con cara de asombro, “pero hay compact disc en España?” y tuve que tragar la respuesta, muy merecida, “no, todavía andamos en burro.”
Lo más difícil parece ser tomar una persona por lo que es, encontrarse con ella sin conceptos prefabricados de mentalidad y carácter. No verla como representante de un país, sino como un individuo que puede resultar simpático o desagradable. Reconozco que es difícil, porque el alemán que se conoce aquí muchas veces corresponde perfectamente al tipo arriba descrito, y a los turistas de la Costa Brava, en cambio, se les suele dar lo que piden: flamenco y sangría.
Quedan, a modo de esperanza, las generaciones de estudiantes ERASMUS que han conocido otro país de manera diferente – y evidentemente esto no se refiere solamente a España y Alemania. Quedan también los que viajan para adentrarse en la cultura o la naturaleza del lugar que visitan. Quedan todos los que se toman la molestia de estudiar idiomas para poder comunicarse; cuando se intercambian ideas, muchas veces hay que corregirlas. Quedan, en fin, todos los que reemplazan los estereotipos por la curiosidad, y la alimentan con libros, reportajes, exposiciones, encuentros y viajes.
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