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Viaje al corazón de la alcachofa

Los mercados de Barcelona son para los que venimos de fuera una experiencia singular, un viaje al país de todos los sentidos. Qué bien huelen los rovellons, dónde estarán las aguas de este pez enorme, qué barullo de maco, reina y qué más... Toda una aventura - y nada fácil. Los güiris no conocemos las reglas del juego y lo que es peor, no estamos equipados: No tenemos carrito. Porque ésto no es un mercado; ésto no es Barcelona. Esto es Roma, es Ben Hur, es la carrera de los carritos en los pasillos, se trata de ganar terreno, resistir, las ruedas se enganchan, hay que conseguir la fresa cuanto antes, pero ésta, qué se cree! No se rinden fácilmente las mujeres que van a la compra...

Tras haber superado esta primera prueba, en el puesto elegido nos esperan nuevos desafíos. Cuando han transcurrido diez minutos y mis gritos desesperados de atención se han perdido a lo lejos, entre los tomates para la ensalada y la coliflor, empiezo a preguntarme porqué la vendedora no me hace caso a mí pero sí a los demás. ¿No se tratará acaso de racismo? Entonces descubro detrás de los ajos una máquina con papelitos que sirven de entrada al universo de las legumbres. Ahora solamente tengo que esperar un cuarto de hora más y entonces con mi numerito me toca el gordo de toda la fruta y verdura que yo quiera.

Tan orgullosa de controlar por fin el sistema, me acerco a la pescadería para conseguir un pez de ojos tristes cuyo nombre desconozco. Pero que engaño - ¿dónde están las entradas? Se acerca una señora mayor preguntando quién es el último de la fila. Y resulta que lo que yo conocía como un grupo de música española es otra regla del juego del mercado, que entra en vigor cuando las entradas están agotadas. Además da lugar a largas y divertidas discusiones sobre quién es efectivamente el pobre diablo que ha llegado el último, y desde luego hacen la espera más corta. Me voy, con mi pez de ojos tristes y mis fresones de Huelva. Hasta la próxima aventura....

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